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Tristeza

 

El apreciado escritor patagonico Peter Dobree nos muestra que la sexualidad no es una dimension humana archivada en los genitales

 

      Comenzaron los empleados municipales a cubrir de tierra el cajón en el fondo de la fosa recientemente abierta y se le atragantó un sollozo en la garganta.

     La ausencia de su padre lo golpeó fuerte en la cara junto a la ráfaga de viento y polvo que desde el oeste superó la despintada pared del cementerio. Tuvo frío y se ajustó las solapas de la campera alrededor del cuello. Sintió la mano de Matilde en la suya y la presión de su cuerpo contra su brazo. No se animó a mirarla, pues temió quebrarse nuevamente, como lo había hecho hace unas horas en la fea sala mortuoria, que la Cooperativa de Luz del pueblo tenía destinado a los socios  que fallecían.

      Cuando miró nuevamente, habían terminado de llenar la fosa y con el revés de sus palas anchas golpeaban la tierra suelta y arcillosa, formando el montículo que cubría ahora el cajón. La gente que lo había acompañado se daban vuelta lentamente y caminaban hacia el portón principal; algunos de ellos pasaban frente a él y con palabras que no entendía, le anunciaban sus condolencias.

      Matilde le preguntó si quería que manejara ella. Sin hablar - se dio cuenta que hacía mas de dos horas que no emitía palabra alguna - le dijo que no y se acercó a la camioneta abriendo la puerta del conductor.  Hizo arrancar el motor recién cuando ella se había acomodado en el asiento a su lado. 

                       Recorrieron lentamente la ancha calle desierta que une el cementerio con las cuadras principales del pueblo y Matilde, con voz suave, le pidió que pasaran por el boliche de Jara. Debían recoger una bolsa de harina, sal y comida para las gallinas, que ella había comprado el día anterior.

                  Percibió que todo continuaba y que, por mas que sintiera este maldito dolor en el alma, había una fuerza, inexorable y exterior a él, que lo obligaba a seguir con la rutina de los días y de las semanas. Mentalmente - seguía sin hablar - le agradeció a la pequeña mujer que estaba a su lado por su compañía.  Trató de imaginar por un momento estas mismas circunstancias sin ella; sacudió su cabeza y se liberó del encadenamiento de ideas que empezó a formar.

                    Siempre en silencio pararon frente a lo de Jara. El pibe que ayudaba en el patio cargó la caja de la camioneta y el chileno se acercó a estrecharle la mano; balbuceó el agradecimiento del gesto y nuevamente subió al vehículo. Doblando el volante enfrentó la calle de salida, justo cuando un gran remolino de polvo y viento los envolvió, impidiendo por algunos segundos ver por el parabrisas.

                        A los pocos minutos superaban las pobres casas de adobe y chapas que indicaban las afueras del pueblo; dos perros flacos salieron de una de ellas para ladrar a los neumáticos de su camioneta. Un niño, de aspecto sucio y mal vestido, los saludó al pasar.

                            Ya sobre la pampa su mente voló lejos, mientras la camioneta seguía sola aparentemente sin requerir que la guiara. Voló sobre la mata negra, se internó entre las espinas del calafate y buscó a la perdiz que se agazapaba tras el pasto guanaco. Subió a la yegua que montaba cuando era apenas un niño y acompañó nuevamente a su padre en la busca del piño de ovejas que habían perdido en la primavera del 62, cuando nevó fuerte, en forma muy tardía. De allí se metió en los corrales para ayudar en la señalada y recordó el ardor de los ojos cuando se llenaban de polvo y bosta triturada. Vio nuevamente a su padre, cubiertas sus ropas de sangre de capar corderos machos y cortar orejas y colas. Sintió el olor del antisárnico y el frió de mojarse, al ayudar a las ovejas salir del agua y escurrirse, temblando, en el mediodía gris.  Repentinamente sonrió al repasar las pequeñas bromas de la ronda de mate, cuando al fin del dìa su padre y los peones, organizaban las tareas del día siguiente. Volvió al campo, al día en que bajó de un tiro de rifle un avestruz. Avestruz que luego le ayudaron a desplumar y limpiar, para llevar a su madre como un trofeo. Recordó el cielo limpio y claro, el aire calmo y el cantar de una calandria cerca del lugar en donde estaban cuereando una oveja vieja, que habían encontrado muerta. Fue allí cuando vio el choique y fue allí cuando el padre, haciéndole señas de silencio y con movimientos suaves, le alcanzó el rifle que siempre llevaba atado a los tientos de su montura.

                             De tanto volar por el campo, lo sorprendió la llegada al casco de la estancia. De golpe lo vio, cuando doblaron por la angosta huella y llegaron al cañadón donde estaban la casa y la pequeña quinta. Atrás y hacia el río, los corrales y el galpón de esquila.

                               En la tarde de aire frío y luz suave del otoño, descargaron la camioneta y entraron al hogar. Sobre el aparador, esperando a su dueño, estaba la pipa apagada. El olor del tabaco se mantenía en la casa y pensó como, en unos días, ese olor se iría perdiendo para no volver nunca más.

                      Comieron poco, solos, sin ganas y en silencio. Ayudó a Matilde con los platos y decidieron sin hablar, irse a la cama. Una vez entre las sábanas, estiró su mano para tomar la de ella y suavemente la atrajo hacia su lado. Ella se acercó, lo besó y con la mano libre apagó la luz del velador. En silencio, sin la pasión de otras veces, pero con amor y con tristeza, buscó  su cuerpo y se fundió en el.


 

Fuente: Pedro Dobree

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