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Relaciones de género en la prostitución. Construcción social de nuevas subjetividades. Investigación. 2a. parte

 

INVESTIGACION SOCIOANTROPOLOGICO, DE CARACTER CUALITATIVO, INDAGA LOS PROCESOS DE INTERACCION ENTRE MUJERES EN SITUACION DE PROSTITUCION Y CLIENTES EN LA CIUDAD DE PARANA ENTRE RIOS

 

Implicancias de la objetivación

 

Comprender al otro no sólo debe significar capturar el lugar que ocupa en determinado juego de relaciones sociales, sino cómo se actualiza en su lenguaje la expresión mas acabada de que como sujeto se  es portador de su tiempo y de su historia. (Noción de portavoz de Enrique Pichón Riviere).

 

Sostiene el autor que en toda comunicación se da un cruce entre verticalidad y horizontalidad, la verticalidad del sujeto es su historia que no solo es particular, singular sino que es social y que al contactarse con la horizontalidad del aquí y ahora del encuentro con el Trabajador Social, se da un punto de encuentro de vectores, de fuerzas, de fuga, o por el contrario de capacidad de comprensión profunda acerca de lo que es nuestro hacer.

 

Dice Bourdieu (2000, 527) “No hay manera más real y realista de explorar la relación de comunicación en su generalidad  que consagrarse a los problemas inseparablemente prácticos y teóricos  que pone de relieve el caso particular de la interacción entre el investigador y aquel o aquella que interroga”.

 

La cita nos parece sustancial para detenernos a reflexionar sobre el modo particular en que toda comunicación es portadora de la posibilidad de elucidación, emancipación o por el contrario de sumisión, aplastamiento de la condición de ciudadanía.

 

Roxana Guber y Bourdieu sostienen también la necesidad de la REFLEXIVIDAD A LA QUE EL SEGUNDO AUTOR LLAMA REFLEJO, LOS ESTIMULOS BRINDADOS O NEGADOS EN UNA ENTREVISTA OBEDECEN EN GRAN MEDIDA A LA ASIMETRIA SOCIAL QUE EXISTE ENTRE INVESTIGADOR E INVESTIGADO.

Pero esto nos crea otro problema y es preguntarnos si es imposible conocer, mejor dicho comprender pese a esa asimetría social. Veamos un ejemplo práctico, en nuestro  trabajo con mujeres en situación de prostitución siempre se nos  aparecen claros oscuros acerca de sus significaciones, su modo de sentir, por mas que se  pueda decodificar en parte lo que les sucede hay entramados difíciles de acceder, no solo porque se trata de un metié íntimo, insondable, sino porque el esfuerzo comprensivo se encuentra embayado a veces contra ciertas movilizaciones.

 

Por ejemplo, el llamado telefónico al celular de una mujer en situación de prostitución desde un lugar de identificación genérica  parecería reportar elección, elogio, confirmación, en definitiva que un cliente la  ha llamado, que tienen trabajo. Pero contratransferencialmente puedo leer que lo que es para ella alivio, gratitud es también desde mi marco teórico desconfirmación, es decir explotación ual.

 

Dice Bourdieu (2000, 531) “El interrogatorio tiende naturalmente a convertirse en un socio análisis de a dos, en el cual el analista está atrapado y puesto a prueba en la misma medida que la persona a la que interroga. ...diversos lazos de solidaridad secundaria capaces de dar garantías indiscutibles de comprensión bien predispuestas... la complicidad entre mujeres, permitieron en mas de un caso superar los obstáculos vinculados a las diferencias entre las condiciones...”

 

Hablar de socio-análisis es centrarse en la facultad cierta, a veces irrepetible, que tiene nuestra palabra, para desatar con nuestras preguntas un mundo inaugural nunca antes pensado, tal vez esa persona con quien tenemos la oportunidad de intervenir sea la única oportunidad que tenga de interrogarse por su malestar, por su situación existencial, por los cambios que ella misma podría promover en su vida a partir de concebirse en un lugar diferente.

 

Con lo antes dicho también vale la aclaración que todo proceso investigativo desata interrogantes, incertidumbres, preguntas, reposicionamientos en el mundo de la vida, con lo cual no podemos sostener el carácter utilitario de la investigación con solo propósitos de conocimientos, esa instancia de entrevista con el objetivo de comprender es por sí mismo una intervención.

 

Sostiene Bourdieu (2000,532) “Intentar situarse en el lugar del otro, del espacio social que ocupa para comunicarse a partir de ese lugar, no es “efectuar la proyección de sí mismo en el otro”, es darse una comprensión genérica y genética de lo que él es, fundada en el dominio (teórico-práctico) de lo que él es y  de las condiciones sociales que lo producen: dominio de las condiciones de existencia  y de los mecanismos sociales cuyos efectos se ejercen  sobre el conjunto de la categoría de la que forma parte, y dominio de los condicionamientos inseparablemente psíquicos y  sociales vinculados a su posición y a su trayectoria particular en su espacio social”.

 

Es decir que lo que puede operar como mecanismo de comprensión también puede operar como mecanismo de obturación, pues si uno realiza una proyección de sí mismo en el otro no está conociendo, no está comprendiendo está aplicando una noción del sentido común que tenemos incorporado a través de la experiencia y por sobre todo de muestra propia experiencia, eso no es comprender, comprender “es una forma de ejercicio espiritual que apunta a obtener, mediante el olvido de si mismo, una verdadera conversión de la mirada que dirigimos a los otros en las circunstancias corrientes de la vida”.

 

Es decir que nuestro trabajo de comprensión, es un trabajo al filo de la navaja, socorrido por la capacidad de escucha, por el marco teórico, por las circunstancias contextuales donde se produce la entrevista, a veces irrepetibles, contradictorias y no por ello menos cierta u objetiva.

 

Producir conocimientos en Trabajo Social nos enfrenta a la dura responsabilidad de ser serios, de ser concientes que detrás de nuestra capacidad de comprensión está la confirmación, elucidación de la vida de un sujeto, que aunque no dependa exclusivamente de nuestra capacidad, en gran medida es un condicionante importante en la vida de los sujetos que constituyen nuestro hacer profesional.

 

En la experiencia investigativa que nos ocupa tiene  un lugar privilegiado la reflexión epistemológica desde la perspectiva feminista.

 

Para ello nos remitiremos a Mary Mies cuando advertía que la ciencia no tolera no controlar las emociones, debiendo en la practica investigativa dejar las sensaciones al exterior del campo. Para hacer ciencia a las mujeres se les ha exigido seguir los cánones del  positivismo, pretendiendo una neutralidad valorativa.

 

Desde una mirada de género es fácil advertir las negativas implicancias que tendrían para el proceso de conocimiento no hacerse cargo de la identificación posicional que desencadena el impulso de conocimiento. Conocer el mundo de la vida de otra mujer y sucumbir al impulso emancipador, desde la lógica feminista significaría querer tapar el sol con las manos. La razón de ser del feminismo estriba justamente allí donde enmascaradas en razones objetivas se pretenden formidables injusticias.

 

La lógica de producción de la epistemología feminista radica justamente en desnaturalizar lo obvio, aquello que frente a un marco de no sospecha absoluta pretende la reproducción de un orden social, que arbitrariamente desfavorece a las mujeres.

 

La mirada de género femenino es siempre una mirada inquisidora, aquella que es portadora de la sospecha que en un  hoy, aquí conmigo se actualiza la historia de la humanidad que mandó a la hoguera a miles de humanas, sólo por la rara coincidencia de que la naturaleza  le otorgó un lugar devaluado socialmente.

 

La lucha contra todos los esencialismos es la lucha por pensarnos por la senda del nomadismo. Al decir de Braidotti CRUZAR LAS FRONTERAS SIN QUEMAR LOS PUENTES.

 

PENSAR LA PRODUCCIÓN EN CLAVES FEMINISTAS.

 

Es así que la construcción  y sistematización del conocimiento por parte de las feministas ha dado lugar a la conformación de los Estudios de Género. Los mismos pueden entenderse como: “...un corpus de saberes científicos, que tienen por objetivo proporcionar categorías y metodologías para el análisis de las representaciones y condiciones de existencia de hombres y mujeres en sociedades pasadas y futuras...”. (Yannoulas; 1994: 17).

Estos estudios no constituyen un cuerpo homogéneo de conocimientos, sino que, por el contrario, conviven en ellos distintas posturas que se han ido construyendo socialmente y que se han ido transformando históricamente. No obstante, podemos señalar sus características principales: transversalidad, comparatividad, historicidad y politicidad.

 

Dichos estudios tienen un carácter transversal a las disciplinas, dado que se postulan como enfoque desde las relaciones de género dentro de todas las Ciencias Sociales. Se conforman en una visión interdisciplinaria, ya que esta problemática exige una mirada múltiple que permita visualizar las relaciones de género en el interior de todos los espacios sociales, brindando la posibilidad de articular la riqueza de los conocimientos que se construyan. Se constituyen, al mismo tiempo, como una perspectiva comparativa ya que, por un lado, ponen de relieve las diferencias, las semejanzas y las relaciones entre las formas de representación y las condiciones de existencia de hombres y mujeres y, por otro lado, compara los modos de existencia de las mujeres en distintas culturas. La comparación posibilita un descentraje de género, social, cultural y temporal.

 

Con respecto a la historicidad, el corpus teórico de los Estudios de Género delineó una genealo­gía propia, básicamente femenina que, además, recuperó obras femeninas cronológicamente anteriores. Asimismo, es necesario estudiar cualquier problemática de género observando su variación en el tiempo y en el espacio, en la diacronía y en la sincronía. Además, los Estudios de Género son políticos: el origen y el desarrollo posterior de la reflexión académica sobre las condiciones de existencia de las mujeres y los hombres se vincula con un movimiento social y político (el feminismo), lo que implica estudiar el poder. (Yannoulas; 1996).

 

La irrupción del feminismo académico se caracteriza por la intencionalidad de transformación de los paradigmas científicos. En la década del ’60 se intenta hacer visibles a las mujeres como sujetas y objetos de la investigación. A partir de los años ’70 el pensamiento feminista participará o discrepará con algunos aspectos del psicoanálisis, el marxismo, la crítica a la metafísica, el estructuralismo, el postmodernismo. (Cangiano y Dubois; 1993). Lo peculiar de estas reflexiones es la aseveración del carácter histórico de las relaciones de poder que mantienen a las mujeres subordinadas a los varones.

 

En la década del ‘80 el debate se centra en torno a la distinción de los conceptos de y género. El primero alude a la constitución anatómico-fisiológica, es decir, a las características fisiológicas que distinguen al macho de la hembra. El término género hace referencia a las atribuciones sociales dicotómicas y jerarquizadas creadas cultural e históricamente para varones y mujeres. En los ’90, el debate se amplía a partir de la distinción entre /orientación ual/género (Rodrigues; 1998). Estas categorías se enriquecen mediante la profundización sobre el contenido relacional masculino-femenino, esto es, las relaciones de género. Las mismas se complejizan al entrecruzarse con el entramado de las clases sociales, y las categorías de raza/etnia, generación y edad, religión, nacionalidad  e identidades múltiples.

 

Estos planteos redimensionan las concepciones epistemológicas tradicionales gestando la producción de un conocimiento científico no ista, lo cual evidencia sus aspectos potenciadores en términos de conocimiento. En efecto, los Estudios de Género denuncian que a lo largo de la historia, en el discurso lógico-científico en general y particularmente en el discurso de las Ciencias Humanas, el aporte realizado por las mujeres a la construcción de la vida social, cultural y científica, aparece silenciado y menospreciado. Desde la segunda mitad del presente siglo, las académicas feministas dan cuenta del androcentrismo en la ciencia como forma específica de ismo. Este análisis crítico del conocimiento científico permitió develar que el enfoque de una investigación desde la perspectiva únicamente masculina, y la posterior consideración de los resultados como válidos tanto para los varones como para las mujeres, distorsiona el conocimiento científico a la manera del etnocentrismo.

 

Se analiza, entonces, el carácter androcéntrico en la construcción del conocimiento científico en sus dos vertientes: la excluyente y la incluyente. La primera se establece históricamente al negar el acceso a la producción del conocimiento científico a la mitad de la humanidad: las mujeres. La segunda vertiente, el androcentrismo incluyente, se manifiesta a partir del ingreso legitimado de las mujeres al conocimiento científico con la omisión de la condición uada del/la sujeto que construye conocimiento. A esto se agrega la incorporación  acrítica de las relaciones sociales construidas entre varones y mujeres como objeto de estudio,  desconociendo el enfoque de género. [1][1]

 

Más específicamente, la palabra andro-centrismo se refiere a la adopción de un punto de vista central que se afirma hegemónicamente y relega a los márgenes de lo no significativo, cuanto considera impertinente para valorar como superior la perspectiva obtenida, denegándolo. Este punto de vista sería propio, no del hombre en abstracto, sino de aquellos hombres que se sitúan en el centro hegemónico de la vida social, se autodefinen  como superiores y se imponen –coercitiva y/o persuasivamente- sobre otros hombres y otras mujeres.

Según Maffía (1992) la historia de la filosofía, por su lenguaje universalista de aparente neutralidad, es el producto más acabado de la mirada androcéntrica. “La metafísica de los s, que también se puede calificar de esencialismo, afirma una diferencia esencial, incluso natural, entre las mujeres y los hombres y define sus especificidades respectivas. O más precisamente la de las mujeres, pues la de los hombres es implícita o explícitamente asimilada a la generalidad.” (Collin, en Duby y Perrot; 1993: 292).

 

Distintas formas discursivas van consolidando concepciones ligadas a la superioridad masculina. Ciertos argumentos cristalizan a las mujeres en la desvalorización. Así, la concepción del “útero trashumante o migratorio” para los egipcios justificaba el temperamento débil y enfermizo de las mujeres. Para Platón el hombre se definía por “lo alto” y poseía un alma racional alojada en la cabeza, mientras que las mujeres se determinaban por “lo bajo” (su matriz). Aristóteles las consideró como “seres inacabados e incompletos”. Para Galeno, desde el discurso médico, los varones  eran secos y calientes, por eso el cuerpo y la sangre masculinos le permitían el coraje y la inteligencia. A su vez, las mujeres, eran frías y húmedas, lo cual les asignaba un lugar de imperfección e inferioridad respecto de los varones.

 

Por otra parte, el androcentrismo sería una expresión de “la racionalidad ligada al dominio”, racionalidad que el feminismo viene a cuestionar. Según Horkheimer y Adorno (1971) esa racionalidad se funda en la separación sujeto-objeto entendida como neutral cuando contiene la voluntad dora. La dicotomía sujeto-objeto comienza con la escisión entre hombre y naturaleza con el fin de controlar y someter a esta última a partir de la negación de la naturaleza en el hombre. Esa negación produce el ocultamiento del dominio (tanto de la naturaleza como de los seres humanos). [2][2] A este respecto resulta significativa la adjetivación utilizada para referirse a la naturaleza (femenina, pasiva, etc.) y su efecto en la naturalización del lugar histórico de subordinación que se atribuyó a las mujeres.  “...El hombre como amo niega a la mujer el honor de individualizarla. La mujer individual es un ejemplo social de la especie, exponente de su , y así, enteramente conquistada por la lógica masculina, representa la naturaleza, substrato de infinita subsunción en la idea, de infinita sumisión en la realidad. La mujer como pretendido ser natural es el producto de la historia que la desnaturaliza...”. (Horkheimer y Adorno; 1971: 136)

 

De este modo, la homologación de lo genérico humano con lo masculino, estableció un orden que cristalizaba las diferencias, otorgándoles el valor de verdad inmutable. Un orden en el que la diferencia es denegada, estableciendo analogías, comparaciones jerarquizadas, oposiciones dicotómicas. Las categorías para pensar la diferencia se estructuran en torno a una lógica atributiva donde el otro se construye por la falta o la negación; una lógica binaria que alterna sólo dos valores de verdad, uno verdadero, el otro, falso; una lógica jerárquica en tanto se convierte uno de los términos en inferior, o bien en complemento o en suplemento. (Fernandez; 1994). Para retomar la cita con la que dimos apertura a este escrito, el androcentrismo y su tendencia a “la reducción del pensamiento a la producción de uniformidad”, da por resultado el empobrecimiento del pensamiento y la experiencia humana.

 

Destacamos entonces que los Estudios de Género denuncian la “metafísica de los s”, las inscripciones biologicistas y esencialistas. No obstante queremos indicar, a  fuerza de las propias heridas narcisistas en el campo que nos ocupa, que ciertas versiones de los Estudios de Género son en sí mismas metafísicas en tanto abordan el problema desde una lógica binaria. En este sentido, la distinción /género que ubica el “sexo” en el ámbito biológico-anatómico y al género en el ámbito de la construcción cultural, remite al binomio naturaleza/cultura en tanto categorías oposicionales. Pero además, obvia la inscripción de “lo natural” –el - en tanto producción social.

 

Por otra parte, en el marco dicotómico hombre-mujer, la discursividad patriarcal ubica a las mujeres en el lugar del otro. Ante el discurso patriarcal la teorización sobre el género es contestataria (en tanto se constituye en discurso de la diferencia), pero en su interior, al configurar un discurso totalizante, universaliza y esencializa la categoría “Mujer”. En otro orden, pero íntimamente ligado a lo anterior en términos epistemológicos, la diferencia y diversidad entre mujeres son pensadas en la intersección con las categorías de clase, raza, nacionalidad, generación. Lo múltiple aparece representado en una acepción fragmentaria, desde la mirada de una metafísica negativa.     

La discursividad en torno a “lo femenino”, en tanto existencia de un remanente inherente al cuerpo de las mujeres, supone que el eje de la ción está anclado en las diferencias anatómicas. Estas posturas se deslizan hacia un “retorno” al pensamiento metafísico, como preponderancia del “Uno”. Más aún si recuperamos la posición de Irigaray (1992), quien acuña el concepto de “diferencia ual” en tanto afirmación ontológica o psicológica de una diferencia y sostiene que la explotación de las mujeres está basada en la diferencia ual y sólo por esta diferencia puede resolverse. Argumenta que: “La igualdad entre hombres y mujeres no puede hacerse realidad sin un pensamiento del género en tanto que uado, sin una nueva inclusión de los derechos y deberes de cada , considerado como diferente, en los derechos y deberes sociales.” (p. 10). Asimismo, propone “salir” del engranaje patriarcal falocrático mediante las relaciones subjetivas entre madres e hijas. A nuestro entender, la autora enfatiza la relación maternal en tanto femenina, mitificándola. [3][3] La diferencia ual  entonces se convierte en el natural y éste se vuelve el principio explicativo que posibilita justificar las desigualdades entre los s, permitiendo su naturalización, desde una perspectiva unilateralizante. Podríamos agregar que esta mirada tiene dificultades para comprender que puede haber ción masculina allí donde no hay mujeres ni varones heterosexuales.

 

Otra versión más ligada a la Sociología, postula que a través de los procesos de socialización el individuo asume los roles asignados respecto a su , adquiriendo de modo secundario las peculiaridades del género. En este aspecto, habría una identidad individual a la que se le sobrepone una identidad ual  posterior (coherente y continua), bajo la idea de un pensamiento metafísico que sólo mantendría la misma llave para abrir la misma cerradura.

 

Vemos que la Unidad es reemplazada por otra Unidad: el hombre por mujer, el por el género, lo masculino por lo femenino, el androcentrismo por el ginecocentrismo. ¿Supondría esto acaso el aflorar de una “verdad feminista”?

 

 

... y las “insoportables” tensiones...

 

 

En este apartado esbozamos ciertas ideas de algunos textos [4][4] que se constituyen en un corpus para una posible lectura epistemológica.  Lectura que, a decir de Kafka, intenta ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro. Relación de escucha con textos que incomodan  e inquietan, pero a la vez permiten el recorrido de un laberinto de significados que generan confusión, extravío, señales orientadoras/des-orientadoras...Textos que invitan, no sin malestares,  a ser itinerados.

 

 Uno de ellos es el texto de Harding (1996), quien distingue tres niveles conceptuales de la categoría “género”:

·        el simbolismo de género: se refiere a la asignación de metáforas dualistas de género a diversas dicotomías que no suelen tener que ver con las diferencias de ;

·        la estructura de género: es consecuencia de recurrir a los dualismos para organizar la actividad social, dividiéndola entre diferentes grupos de seres humanos y remite  a la división del trabajo según género;

·        el género individual: como forma de identidad individual, socialmente construida.

 

Al respecto señalamos que esta distinción puede ser pensada en clave epistemológica y no sólo conceptual, en tanto nos invita a pensar los reduccionismos de los planteos dicotómicos /género. Además nos resulta relevante el concepto de “simbolismo de género” en tanto desplaza el eje de la mirada de las naturalizadas diferencias anatómicas, a la vez que es capaz de retener las contradicciones como momento constitutivo del conocimiento.

 

En este marco, Scott  alude al término “género” poniendo de relieve el cuestionamiento al determinismo biológico implícito en el uso del término “sexo” o “diferencia ual”. Pero también hace hincapié en la posibilidad de generar un reexamen crítico de las premisas del trabajo intelectual existente, en particular, en la ciencia histórica. En efecto, en consonancia con Harding, Scott señala que el género incluye cuatro elementos que se interrelacionan:

·        símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones múltiples y contradictorias;

·        conceptos normativos que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos;

·        nociones políticas y referencias  a las instituciones y organizaciones sociales;

·        identidad subjetiva.

 

La autora sostiene: “Si consideramos la diferencia entre lo masculino y lo femenino no como algo ya sabido sino como una problemática, como algo que está siempre contextualmente definido, construido repetidamente, debemos entonces preguntarnos no sólo acerca de lo que está en juego en las proclamas y debates que invocan al género para explicar o justificar sus posiciones  sino también acerca de las nociones implícitas sobre el género que se están invocando o apoyando...”. (Scott, en Cangiano y Dubois; 1993: 43)

 

El  concepto de “género” presenta posibilidades inexploradas para iluminar las relaciones que se establecen entre lo femenino y masculino, no como una categoría clasificatoria y gramatical, sino con un contenido más dinámico que posibilite ir más allá de los guetos y las “atrayentes” totalizaciones.

 

Estas problematizaciones del género abren una tensión, un arco en su movimiento histórico que permite la posibilidad de resignificaciones, pero también admite ciertos acotamientos en el sentido de entender que “no todo es género”.

 

A partir de estos aportes de los Estudios de Género nos preguntamos: ¿Es deseable la construcción de una epistemología y de una ciencia específicamente feministas? Reconocer la ciencia como producto social, reconstruir las huellas de sus productoras/es tanto en sus proyectos como en sus  maneras de concebir el conocimiento, no implican, a nuestro juicio, la exaltación de un subjetivismo relativista, que considere las hipótesis centradas en los varones versus las hipótesis centradas en las mujeres.

 

El objeto de la búsqueda de saber por las feministas consistiría en elaborar teorías que muestren con la mayor claridad posible las actividades de las mujeres como actividades sociales, y las relaciones sociales de género como elemento de importancia para la comprensión y la emancipación de la historia humana. [5][5]

 

Precisamente, porque la práctica teórica produce efectos que no se redu

 

Fuente: Fac. de Trabajo Social UNR. Autoras: Nora Das Biaggio, I Firpo, Z Lenarduzzi, A Vallejos, A Reggiardo Blanca

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