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LA SUERTE EN LA SENDA SEXOLÓGICA DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE LA IDENTIDAD DEL GÉNERO Y LA REASIGNACIÓN DEL SEXO. (HOMENAJE A JOHN MONEY EN SU OCTOGÉSIMO CUMPLEAÑOS)

 

Este documento es una revisión de una disertación originalmente presentada al simposio para la celebración del ascenso de Louis Gooren, MD, a la máxima categoría como profesor de medicina, en Ámsterdam, el 1 de junio de 1990. Título original en inglés:

 

Es bueno regresar a Ámsterdam,  sobre todo en esta ocasión de la exaltación de mi colega y amigo, Louis Göören, como profesor titular.

Mirando retrospectivamente, algunos eventos en la vida  obtienen un significado diferente a cuando ocurrieron. Así es cuando miro retrospectivamente  al día mi de mi quinto cumpleaños, el 8 de julio de 1926. Ese fue mi primer día de colegio.

En Nueva Zelanda dónde yo nací  la costumbre era empezar el primer  año académico no en febrero como entre los antípodas sino inmediatamente después de alcanzar la edad de cinco años. Así que yo llegué como un extraño en medio de un grupo de muchachos cuya jerarquía de poder estaba bien definida.
 Algunos de ellos eran nietos de guerreros  Maori, de quienes se rumoraba que habían sido caníbales, y quienes habían defendido fieramente sus tierras contra los británicos, en las guerras  Maori de finales del siglo XIX. Mi desafío el primer día fue atreverme a luchar con estos guerreros del patio del colegio y ver quién sería el vencedor.

Yo corrí hacia mi prima, que me había llevado al colegio, buscando protección. No podía haber hecho nada  peor puesto que ella estaba en la sección de las niñas, un santuario prohibido a los muchachos.

Mi destino estaba sellado. No habiendo estado a la altura de un luchador, me coloqué en la senda de tener que sobrepasar a los otros niños siendo un intelectual. Eso me era más fácil que para la mayoría de ellos. Aquí, como lo veo  retrospectivamente, se pusieron los cimientos de mi interés en los papeles del género y la identidad del género.
 Cuando yo tenía ocho años, sucedió otro evento sobresaliente que después asumió un significado diferente y más importante en mi vida que cuando pasó. Después de una larga enfermedad, mi padre murió. Su muerte no fue muy bien manejada en nuestra familia. Sin que se me dijera la magnitud de lo que estaba pasando, me fue permitido decirle adiós  a la salida cuando partió en su último viaje al hospital. Todos los demás sabían que él se marchaba para morir.

Tres días después llegué a casa, de la escuela, y encontré a los hermanos de mi padre y otros parientes congregados con mi madre en la sala. Allí me dijeron que mi padre había muerto. El comentario de mi tío mayor fue que  ahora yo tendría que ser el hombre de la casa.

Una carga bastante pesada para un niño de ocho años. Hizo  un gran impacto en mí. El del concepto integral  de las responsabilidades inherentes a la identidad del género, como lo veo retrospectivamente.

Otro factor en cierto modo de suerte, que formó mi carrera futura fue que yo me gradué de bachiller a la edad de 16 años, un año demasiado joven para ser admitido a la Facultad de Educación de la Universidad de Wellington. El resultado fue una solución intermedia: fui empleado como un maestro   no certificado en un valle montañés remoto dónde había sólo seis niños en edad  escolar,  demasiado pocos  para un maestro certificado.
 Fue  un año importante al convertirme en un miembro de la comunidad agrícola pionera, y al liberarme geográficamente en la inmensa apertura  escénica de  espléndidas montañas, ríos, y bosques. Elegí ir a la universidad de los docentes y entrenarme principalmente como un maestro de primaria sobretodo porque pagaban un pequeño estipendio, suficiente para un estudiante sin ingresos familiares de que vivir, mientras tomaba cursos nocturnos en la que hoy es la Universidad de Victoria de Wellington.
 La educación universitaria en Nueva Zelanda en ese momento era gratuita.  Por ser un estudiante de media jornada en la universidad, se me excluyó de los cursos diurnos  de laboratorio de ciencias naturales, en los que yo estaba bastante interesado. Por consiguiente, fui matriculado en  Psicología que se enseñaba  en las horas de la noche. El descubrimiento de la psicología fue otro factor del azar en mi carrera, puesto que  en la escuela secundaria el asunto no había recibido ninguna mención. 

Yo encontré la psicología inmensamente influyente en la medida en que aportaba respuestas potenciales a muchos de mis problemas personales ligados al hecho de vivir con extraños y parientes, algunos de ellos personas bastante neuróticas que se trasladaron a nuestra casa después de la muerte de mi padre.

Yo me dediqué a la psicología en lugar de la enseñanza escolar. Una vez más se tiró el dado de la suerte, cuando fui excluido de ser un maestro después de que oficialmente  me declaré un “objetor de conciencia” durante la Segunda Guerra Mundial.
La psicología todavía no estaba separada de la filosofía en el plan de estudios de esa época en la Universidad de Nueva Zelanda. Eso me infundió  un profundo interés en los principios básicos y las materias filosóficas, así como en la ciencia experimental. Logré unas buenas bases en  psicología experimental, puesto que mi profesor, Thomas Hunter, se había entrenado con E.B. Titchener en la Universidad de Cornell. El propio Titchener se había entrenado en Leipzig con Wilhelm Wundt, el fundador del primer laboratorio psicológico.
 Después de graduarme  con un Magíster en  filosofía y psicología, obtuve un segundo Magíster  en  educación, y entonces me convertí en un instructor de  psicología en la Universidad de Otago, en Dunedin, la universidad en el extremo sur de Nueva Zelanda. Allí  amplié mi interés en la fisiología como asistente al curso en la escuela de medicina, cuyo conferencista en  neurofisiología era John Eccles, un discípulo  de Charles Sherrington en Oxford, y después un Premio Nobel.

No habiendo un programa de doctorado en Nueva Zelanda, la conclusión lógica era que yo tenía que ir a ultramar para obtener un Ph.D. En la universidad en Wellington, recibí una fuerte influencia en favor de la Psicología  americana en lugar de la británica por parte de Ernest Beaglehole que había estudiado antropología cultural en Yale.

La suerte me tocó con su mano de nuevo. En 1946 leí en la sección de  anuncios de una de las revistas psiquiátricas que el Western State Psychiatric Institute, ahora  parte de la Universidad de Pittsburgh, estaba de nuevo funcionando después de los retrasos causados por la guerra, y estaba ofreciendo becas a psicólogos extranjeros para el entrenamiento avanzado bajo Saúl Rosenzweig cuya investigación posdoctoral se había hecho con Henry Murray en Harvard.
La beca incluía alimentación y alojamiento en el hospital, así como un estipendio. Eso me permitió emigrar a los Estados Unidos a donde  llegué en septiembre de 1947. Ello me permitió también ahorrar bastante para poder ser un estudiante de postgrado de jornada completa al año siguiente en el  Centro Psicológico de Harvard, en Cambridge, Massachusetts.

La siguiente intervención de la suerte me puso en lo que evolucionaría en una carrera dedicada a la investigación. Me inscribí en un seminario electivo avanzado  bajo la dirección de George Gardner en la Clínica Judge Baker de Consejería del Niño, al frente de Charles River, en Boston. Gardner, huyendo de algo que lo había detenido, en una ocasión no llegó  a tiempo, ni preparado con  nuevo material.

Su material auxiliar era un caso de hermafroditismo que demostraría tener un profundo significado  para el concepto del papel del género (para entonces aún sin nombre) y su contraparte, la identidad del género.
 Uno sabe hoy que el diagnóstico en ese caso de hermafroditismo sería el del síndrome de insensibilidad al andrógeno y que al paciente se le debió asignar al nacimiento el sexo de una niña, para que la crianza fuera armoniosa con la vulva y la feminización completa del cuerpo en la pubertad.
En este caso, el bebé  había sido declarado una niña al nacer. Cuando, en la infancia, se palpó en cada ingle una protuberancia y se acordó que era un testículo, se aconsejó a los padres  cambiar el nombre  y sexo del bebé, y  esperar hasta la edad de catorce años cuando se haría algo sobre la ausencia de un pene.

A la edad de catorce años no apareció  ninguna señal de virilización puberal, puesto que todas las células del cuerpo eran incapaces de responder a. la hormona masculinizante, el andrógeno, secretado por los testículos. Habían respondido en cambio a la pequeña cantidad de estrógeno que también es secretada por los testículos.

El muchacho había desarrollado senos del tamaño de una mujer y un contorno del cuerpo completamente feminizado sin barba ni vellos, ni cambio de voz.

Le dijeron que estaría, mejor si se cambiaba a vivir como mujer. Como todavía  sucede no había ninguna posibilidad de masculinizarlo con tratamiento hormonal o cualquier otra forma. Su contestación fue que él se había pasado casi quince años viviendo como un muchacho, y que no podría cambiar. Él no podría estar de acuerdo con la idea de ser una muchacha.

Yo me impresioné tanto con esta historia y su importancia para la investigación científica de sexo y la sexualidad que deje a un lado un proyecto de revisión de las primeras teorías psicoanalíticas sobre sexualidad, y lo cambié por una revisión de la psicología del hermafroditismo buscando todas las referencias posibles en la biblioteca del  Hospital General de Massachusetts.

El hermafroditismo proporcionaba una oportunidad incomparable de evaluar en qué medida los factores corporales y el desarrollo de la vida prenatal en adelante determinan la orientación sexual de una persona, comparado con los factores sociales dependientes de las experiencias de vida de crecer en el sexo de asignación y crianza.
Mi próximo paso fue proponer el hermafroditismo como un tema excelente para la tesis de doctorado. Pude persuadir al comité de tesis, que apenas si me respaldaba, de que había al menos diez hermafroditas vivos en América que no estaban expuestos en un circo, y que yo podría obtener de ellos datos integrales de su historia vital, así como datos de pruebas psicológicas. Eso constituiría la mitad de la disertación.
 La otra mitad sería una revisión de la literatura médica en inglés de 1895 a 1950, para obtener datos sobre los  factores conductuales y psicológicos relacionados con la orientación sexual y la masculinidad y feminidad mental.

Yo fui recibido excelentemente por  Stanley Cobb, jefe de la Sección de Psiquiatría en el  Hospital General de Massachusetts. Con un nombramiento en su sección, obtuve  acceso a todos los recursos clínicos del hospital, y a un uso permanente de la biblioteca. Fuller Albright, muy famoso no sólo en la medicina americana sino también en la medicina mundial, era el jefe de la clínica endocrina. Su asistente principal era Fred Bartter.

Ellos me pusieron en contacto con Lawson Wilkins de Johns Hopkins que llegó a Boston a presentar un taller en la reunión anual de la Academia Americana de Pediatría. Su especialidad era el síndrome adrenogenital, también conocido como hyperplasia suprarrenal congénita, virilizante (CVAH).
Cuando este síndrome ocurre en una hembra genética, el bebé nace como un hermafrodita con los genitales externos masculinizados, ya sea  un clítoris muy agrandado o incluso un pene completo. La masculinización es de origen hormonal. La hormona masculinizante es erróneamente secretada por las glándulas suprarrenales las cuales deberían estar en cambio,  secretando cortisol.

En los años cuarenta, Lawson Wilkins organizó la primera clínica endocrina pediátrica del mundo en El Johns Hopkins Hospital, y por lo tanto fue el primer endocrinólogo pediatra.

 Él y yo nos llevamos bastante bien en la entrevista que tuve con él en Boston. Le pregunté sobre la posibilidad de visitar su clínica durante un par de semanas, y de tener el acceso a los archivos de pacientes identificados por el código del hospital en los informes publicados, de modo que yo pudiera recoger datos adicionales.

En la carta que  recibí en contestación a mi demanda formal, Wilkins reinterpretó mi solicitud como visitante y dijo que él se alegraría de que yo fuera y trabajara en su clínica, y que creía que  podría conseguir una  beca de  investigación para que arrancara. Mi primera visita duró dos semanas. La siguiente duró cuarenta años.

Un bono especial de la primera visita fue el poder aplicar pruebas y entrevistar a un joven con el diagnóstico muy raro de verdadero hermafroditismo  bilateral, la primera y única persona con este diagnóstico que yo haya conocido. Había en un lado de su cuerpo un ovario, y en el otro un testículo. El lado ovárico estaba feminizado, y el lado testicular masculinizado.

El paciente había crecido toda su vida como un muchacho, y tenía una orientación masculina como un muchacho joven cualquiera, sin rasgos de feminidad en su personalidad.

Su caso me  permitió  conseguir una diversidad mayor de tipos de hermafroditismo, de lo que yo había anticipado, representados entre los diez estudios del caso de mi disertación.

Uno de los factores que me permitió que me llevara bien con Wilkins y otros pediatras endocrinólogos fue que yo había resuelto  hablar inglés pediátrico y no la psico jerga o la jerga del Rorschach que estuvo tan en boga en los años cincuenta.

Yo descubrí que los pediatras querían  auténticamente la ayuda de la psicología, pero en un idioma que ellos pudieran entender.
Mi decisión de hablar su lenguaje había empezado con una carta que yo había recibido en respuesta a una pregunta sobre un caso muy raro de hermafroditismo en una muchacha británica,  cuya madre durante el embarazo presentó una hormona masculina producida por un quiste ovárico. Yo estaba bastante desesperado averiguando lo que le había pasado a esa muchacha. Le escribí al ginecólogo que había publicado el caso. Él había muerto, así que la respuesta llegó de parte de su sucesor que sentía mucho no poder proporcionarme un informe psicológico, pero decía que  podía darme sus impresiones sobre la  niña en su último chequeo regular. Me dijo que ella usaba la ropa típica de las  muchachas y que traía una muñeca de trapo que ella misma había hecho.
Éstos y otros detalles dejaban perfectamente claro que yo estaba recibiendo una historia sobre una niña, y no sobre un niño. Eso me hizo caer en la cuenta de la importancia de usar el lenguaje común para las descripciones psicológicas.Yo llegué a Baltimore en Julio de 1951, y volví a Harvard en Febrero 1952, a tomar el examen oral sobre mi tesis y graduarme. Ya me había hecho un propósito de estudiar todos los síndromes endocrinos de la infancia para conocer su psicoendocrinología.
Tenía un interés especial en el síndrome adrenogenital, lo mismo que Lawson Wilkins. El y sus colegas endocrinólogos del hospital general de Masschuttssets en  Boston, habían logrado un hito en enero de 1950, en la carrera de encontrar una hormona para suprimir la masculinización propia del síndrome adrenogenital, la nueva hormona sintética, el cortisol, más precioso que el oro pues aún no existía en el mercado.
 El nuevo tratamiento tenía un efecto sobresaliente, particularmente en las pacientes adrenogenitales mayores cuyo cuerpo había sido tan masculinizado que en su infancia se les llamaba las niñas Hércules. Nunca habían menstruado ni tenían senos. Solo a los tres meses de haber empezado el tratamiento con cortisol ya presentaron el primer período y se iniciaba el crecimiento de los senos. Era un cambio corporal muy rápido y probablemente también en su imagen.
 La pregunta era: "Qué tanto pueden estar cambiando psicológicamente? Producirá serios problemas de sicopatología y de ajuste? "El estudio de este grupo de niñas adrenognitales hermafroditas, fue una tarea de gran envergadura. Había también otras variedades de hermafroditismo para estudiar dentro de las cuales se destacaba el gran conglomerado de los diferentes subtipos clasificados como hombres hermafroditas solo por tener tejido testicular, no ovárico, ni una combinación de los dos.

El estudiar todos los síndromes endocrinos de la infancia me colocó en la posición no solo de trabajar en la primera clínica pediátrica endocrina sino también de ser el primer psicoendocrinólogo pediatra.

Hago  énfasis en esto porque la gente  se deja absorber de tal manera por el interés en lo sexual que pierden de vista mi trabajo  con otros síndromes como por ejemplo las fallas del crecimiento y el enanismo en el caso del hipopituitarismo.

Cada desorden tiene su propio interés. Por ejemplo el hipopituitarismo congénito si no se corrige inmediatamente se da el nacimiento, conduce a un retardo mental irreversible.
Contrasta con esto el síndrome del enanismo como consecuencia del abuso del niño. En este caso  el retardo mental así como el retardo físico y social, se pueden detener  si el niño se rescata del maltrato; mientras más pronto mejor, en cuanto a lo que se refiere a lograr el crecimiento adecuado. La falla del crecimiento en este síndrome esta acompañada de la falta de secreción de la hormona del crecimiento de parte de la glándula pituitaria y la reiniciación del crecimiento después del rescate, esta acompañada de nueva secreción de dicha hormona. 

Ya es suficiente acerca de otros síndromes. Volvamos al hermafroditismo, y a la oportunidad que nos proporciona de ver la interacción entre los factores prenatales, principalmente hormonales, de un lado, y por otro, los factores del aprendizaje y la asimilación social postnatal, en la determinación de la diferenciación de la identidad de género.

La manera como me gusta  resumir esto, es diciendo  que las moléculas de las hormonas que entran prenatalmente a su cerebro no son  más poderosas como  determinantes de la diferenciación de la identidad de género que las ondas de la luz y el sonido que entran a su  cerebro postnatalmente, a través de los ojos y los oídos.

Ése es un concepto difícil de entender, según lo he descubierto, para muchas personas.

La tendencia general es querer decir que la identidad del género es biológica o no biológica a lo que mi contestación jocosa es que, si no es biológico, entonces debe ser algo secreto puesto que existe una biología del aprendizaje y de la memoria que afecta el cerebro. ¿No es verdad?

Fue un verdadero forcejeo escribir los primeros trabajos  sobre el sexo de los hermafroditas. Como todos nosotros, yo era  heredero del supuesto por muchos siglos, de que el sexo es una sola unidad, y que todo puede predecirse sobre ser macho  o hembra en base a ver un pene o una  vulva en un bebé al nacimiento.

Este supuesto no se aplicó en el caso de hermafroditas nacidos con un defecto de los órganos sexuales de apariencia ambigua. Ellos no tenían un sexo uniforme, sino multiforme, definido diferentemente según el criterio usado. Para mi era necesario especificar éstos criterios.

 El resultado fue una lista de siete variables de sexo: genético (no se había descubierto la manera de contar los cromosomas todavía), gonadal, hormonal (prenatal y puberal), genital externo, genital interno, de asignación y crianza, y papel del género (e identidad).

La idea de subdividir el sexo en las diferentes variables parece hoy en día haber existido durante mucho tiempo como parte del conocimiento universal. Ha entrado en el diccionario médico incluso. Cuando yo empecé, sin embargo, sólo había un tipo de sexo y era ser varón o hembra.  

La dicotomía absoluta de ser de un sexo o el otro,  no me permitiría hablar sensiblemente acerca de la sexualidad, o la vida sexual de personas hermafroditas.

 Un caso clásico de  demostración es el de una persona con  pene y  escroto vacío que tiene dos ovarios y un útero que es cromosómicamente XX (hembra) y quién  ha sido criado como un muchacho y ha tenido el desarrollo corporal de un hombre.

El diagnóstico es el del síndrome adrenogenital o hiperplasia suprarrenal congénita virilizante. ¿Uno diría que su sexo es masculino o femenino? Ello  depende obviamente de la variable que  use. Suponga que uno use como variable los ovarios, o el útero, o los cromosomas XX, entonces el sexo se definirá como femenino.

Entonces, si esta persona tiene  vida sexual con una novia o esposa que también tienen ovarios, útero y cromosomas XX, uno se encontrará con el rompecabezas de dos personas y cuatro ovarios en la cama. ¿Uno de ellos es homosexual, o ambos? La respuesta es que ninguno es homosexual.

Su situación demuestra que, incluso sin caer en cuenta definimos la sexualidad como homosexual o heterosexual bajo  el criterio de la apariencia y funcionalidad de los órganos sexuales externos. En realidad no nos importa cuales sean los cromosomas o las  gónadas. Con tal de que el cuerpo de un miembro de la pareja parezca y funcione como masculino, y el del otro como femenino, la relación se define como heterosexual.
Se vuelve muy confuso tratar de hablar del sexo de una persona con dos ovarios criado como un muchacho, o de una persona con dos testículos y criado como una muchacha si uno se restringe a usar el mismo término sexo, aplicado  a sus gónadas, y a su crianza, por no mencionar su conducta sexual genital y su conducta sexual social.

Es igualmente confuso el caso de un hombre con prácticamente sólo un clítoris, aunque un clítoris grande, que tiene dos testículos y  una historia de  haber sido criado como un muchacho con un sexo de asignación masculino.

 Tiene la forma corporal de un hombre, e intenta tener sexo como  hombre con una mujer. Puede que diga que su intento  ha sido un fracaso total. El fracaso sexual genital, sin embargo, no define la masculinidad o feminidad.

¿Cómo habla uno entonces de un concepto integral de sexo como masculinidad o feminidad que  incluya el concepto de sexo pero que sea más comprensivo que el sexo como actuación genital?  Ésta fue la pregunta con la que lidié y a la que respondí  en 1955, acuñando el término papel de género que después se convirtió en identidad y papel del género.
 En el caso del muchacho con el pene  clitoridiano, todo lo que no pertenecía a sus órganos procreadores y a su actuación era masculino. En otros términos él tenía un papel del género masculino, excepto lo definido por su actuación  peneal.

Cuando yo definí y usé el término papel del género, por primera vez  esperaba que se aceptaría refiriéndose no sólo al papel en el sentido en que un actor representa a un personaje en el escenario, sino también al papel en el cual el actor asimila tan completamente el personaje que se vuelve el carácter de ese papel.

En otros términos, el papel es internalizado y subjetivo, tanto como externalizado y manifestado ante el público. Yo esperaba demasiado. En el uso popular, el papel del género se definió sólo como la manifestación externa, y la internalización subjetiva como la identidad del género. Los dos se reunifican como identidad/papel del género (G-I/R en inglés ó I/P-G, en español).

 El papel del género se descifra del lenguaje corporal y del lenguaje verbal.

Usualmente no vamos por ahí oliendo o degustando a las personas, o tocándolas demasiado, así que ordinariamente son  los ojos, los oídos, y en menor grado, los sensores de la piel los que nos evidencian  el papel del género de una persona.
 La identidad del género  es privada e introspectiva, directamente accesible tan solo al ego, y conocida por otras personas sólo por inferencia de las manifestaciones del papel del género.

En 1955 yo no tenía ninguna premonición de que el término, género, se tomaría para el uso político en el movimiento feminista. En el uso político y popular, y también, mucho en el uso científico social, el género  ha sido neutralizado conceptualmente al divorciarlo del sexo genital y procreador.

Sin embargo, no es científicamente factible separar el papel coital y procreador de una persona de todo lo demás acerca de esa persona que es masculino,  femenino, o andrógino. Por el contrario, es factible tener componentes diferentes del papel e identidad del género: el profesional, el educativo, el recreativo, y el legal, por ejemplo; y la diferenciaron masculina/femenina, de la moda, el adorno personal, y la etiqueta acostumbrada.

Los diferentes componentes no son necesariamente armoniosos entre sí, ni con el  componente erótico o el copulatorio. Hay algunos hombres homosexuales y lesbianas  cuyo papel del género es ortodoxamente masculino o femenino, respectivamente, salvo el  componente erótico y copulatorio.

De esas  personas normalmente se dice que  tienen una orientación homosexual, pero una identidad del género masculino (o femenino) lo cual  es, de hecho, erróneo, en la medida en que excluye la orientación sexual de la identidad del género. El error es porfiado, quizás porque rectifica el legado histórico de igualar la homosexualidad masculina con el afeminamiento general y el lesbianismo con  virilidad.

La suerte me tocó una vez más haciendo converger mi trabajo sobre hermafroditismo con el del transexualismo  y la reasignación del sexo.

El caso famoso de George Jorgensen que se volvió Cristina llenó los titulares en 1952. Un reportero de la revista Time telefoneó a Lawson Wilkins, convencido de  que el caso debía ser uno de hermafroditismo, lo cual no era.

En esa época, el transexualismo no era una palabra  del diccionario, y mucho menos una entidad diagnóstica. Normalmente se diagnosticaba como  travestismo, y se le  refería  a un psiquiatra a los que los pacientes aborrecían. Su búsqueda era por  la respetabilidad de un diagnóstico físico  realmente, como  un pasaporte a la reasignación quirúrgica de sexo.
 Muchos habían leído el libro, la Historia de Roberta Cowell, en el cual  había un excelente  resumen sobre  hormonas, escrita por el piloto de un avión militar, hijo de un cirujano militar británico, quien había logrado una reasignación de sexo.

En la medida en que mi trabajo sobre hormonas y hermafroditismo se conoció en las clínicas de Johns Hopkins, los posibles transexuales me eran enviados para una evaluación. Aunque no había ningún programa quirúrgico para ellos, la reasignación del sexo ya se había demostrado como un procedimiento viable para algunos pacientes hermafroditas que habían crecido convencidos de que se les había asignado al nacimiento un sexo equivocado.

Normalmente no se les había hecho un seguimiento ni regulación hormonal mientras crecían y, aunque se suponía que vivían como niñas  pasaban por una pubertad masculinizante, como los muchachos.

En nuestra sociedad se reconocen oficialmente sólo dos sexos así  que, si uno se siente totalmente distónico en su sexo como una muchacha  cuando uno se ha desarrollado como un muchacho, la alternativa es concluir: "Quizá yo debo cambiar  al otro sexo y será mucho mejor  para mí."

La endocrinología de la reasignación del sexo hermafrodita estaba bajo la dirección de Lawson Wilkins. La cirugía se hizo principalmente por el ginecólogo, Howard W., Jones, Hijo, (el cual , ahora jubilado tiene una segunda profesión sobre fertilización in Vitro en la Universidad Eastern Virginia). Él se impresionó por el éxito rehabilitador de la reasignación del sexo en los pacientes hermafroditas que lo necesitaron.

Él discutió conmigo la viabilidad de la reasignación de  sexo para las personas que, después de la publicación en 1966 del libro de Harry Benjamín, El Fenómeno Transexual, recibirían un diagnóstico de transexualismo.
Yo había conocido a Harry Benjamin y había asistido a algunas de las reuniones y clínicas en sus oficinas en Nueva York. Él y sus socios, Leo Wollman en particular, se mostraron muy cooperativos al  lograr que tres pacientes que habían obtenido una reasignación  quirúrgica de sexo, uno en Nápoles, dos en Casa Blanca, fueran  a Baltimore para ser examinados por Howard Jones, por  mí y otros. Ellos fueron  los valiosos contribuyentes a la decisión de empezar el procedimiento de reasignación quirúrgica del transexual en Johns Hopkins.

La primera operación hombre-mujer, autorizada por la corte, fue programada para enero, 1965, pero no se llevó a cabo por causa de la intervención del departamento de psiquiatría con  base en un desacuerdo ideológico con respecto a la reasignación de sexo.

Otro paciente, referido por Harry Benjamin, fue programado para una reasignación de hombre a mujer y la cirugía se realizó el primero de junio de 1965. Solo el 21 de noviembre de 1966, el hospital emitió un boletín de  prensa publicado por primera vez por el  New York Times.

Hasta entonces, la reasignación de sexo en casos de transexualismo no había sido reconocida o aceptada oficialmente en los Estados Unidos, aunque se decía que unos casos habían sido tratados quirúrgicamente por el urólogo, Elmer Belt, en Los Ángeles, pero no se habían publicado.

Resultó que en Johns Hopkins, independientemente de la cirugía de hombre-a-mujer bajo la responsabilidad de Howard Jones, en las salas de operaciones de la Clínica de la Mujer, bajo la responsabilidad del cirujano plástico Milton Edgereton, quien luego fue el Cirujano Jefe de cirugía plástica en la Universidad de Virginia, se realizaba cirugía reconstructiva de mujer-a-hombre hecha en las salas de operaciones generales,.

Yo recuerdo el caso de un paciente sobre el cual me consultó el equipo quirúrgico del hospital . Ella había sido admitida y registrada como un caso de hermafroditismo.
 No tomó mucho tiempo para reconocer que la historia de hermafroditismo era una artimaña,  necesaria por los rechazos  anteriores a la cirugía hechos por  otras instituciones, y que el caso era una de un claro transexualismo de mujer-a-hombre a quien le fue hecha la cirugía necesaria.

Es necesario dar crédito a los dos cirujanos, Jones y Edgerton, quienes comprendieron la legitimidad de la cirugía de la reasignación como un procedimiento rehabilitador para mejorar la calidad de vida de las personas transexuales.

En 1967 convocamos a una reunión de todos aquellos que habían contribuido al cuidado de transexuales y  establecimos un comité y  una clínica. ¿El nombre sería Comité y Clínica del Cambio de Sexo, o Comité y Clínica del Transexual?

Yo propuse el nombre de  Comité y Clínica de Identidad de Género y fue acogido. Mi idea era tener un nombre que fuera consistente con el desarrollo de una clínica que abarcaría todos los fenómenos de hermafroditismo, transexualismo, y cualquier otro fenómeno relacionado con la sexología de la identidad del género.

Eso fue condenado a desaparecer en Johns Hopkins. En agosto de 1979, los dueños del poder idearon  una rueda de  prensa en la cual se repudió la cirugía de reasignación de sexo en el hospital, aparentemente por razones de eficacia, pero realmente en base a ideologías médicas que también afectan la controversia sobre aborto, investigación fetal, el tratamiento de ofensores  sexuales, y asuntos similares.

En el entretanto, una clínica de identidad de género se ha vuelto, en  el uso general, un lugar restringido exclusivamente al transexualismo y la reasignación del sexo de transexuales.
Los tiempos cambian. Con los adelantos en la investigación, la visión original puede ser viable de nuevo. ¿Dónde mejor que precisamente  aquí en Amsterdam?
 ReferenciasBenjamín, Harry. El Fenómeno de Transexual. Nuea York: The  Julian Press, 1966Cowell, Roberta. La Historia de Roberta Cowell: Una Autobiografía. Toronto: William Heinemann, 1954

 

Fuente: John Money, PhD. Traducción Octavio Giraldo con autorización del autor

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